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Liberalismo Sociedad Red
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Juan Urrutia: Un liberalismo para la Sociedad Red

1989 representó uno de esos simbólicos puntos de ruptura que marcan el final de los grandes periodos históricos. Su primera lectura parecía marcar un "triunfo definitivo" de los valores liberales y democráticos frente a la utopía totalitaria del socialismo real, pero como bien escribía Iñigo Medina:

Significó también un reto para las ideologías liberal y libertaria, que ahora, vencedoras, veían como las antiguas estructuras y figuras sociales, en las que siempre se apoyó, esquizofrénicamente, el capitalismo y gracias a las cuales fue exitoso, desaparecían.

La caída del Muro de Berlín no fue seguida de una transición hacia el "Nuevo Orden Mundial" democrático con el comercio globalizado como palanca de un crecimiento armónico mundial. No hubo "fin de la Historia", sino descomposión del orden que cohesionaba a los estados a ambos lados de la frontera entre sistemas. Lo más llamativo y chocante desde la perspectiva liberal fue que la descomposición del estado, falto ya de la presión de los bloques, no supuso su retirada en favor de mayores cotas de libertad individual, sino su sustitución por paraestados de señores de la guerra, mafias y redes de todo tipo que buscaban ocupar su lugar. Como comentaba Javier Lorente en una entrevista:

En algunos países de Europa del Este, y también en nuestras ciudades, el Estado no puede garantizar los mismos servicios a todos los habitantes, por lo que muchos recurren a organizaciones paraestatales, legales o no, para obtener ciertas garantías. Si bien el crimen organizado es reprobable y debe combatirse sin descanso, no puede pasarse por alto que esas mafias operan precisamente en las zonas de sombra a las que el Estado no llega. Evidentemente, no creo que contratar los servicios de una organización criminal sea aceptable, pero me interesa jugar con la idea de que algunas personas se ven obligadas a hacerlo para sobrevivir. Y no creo que eso sea una evolución, sino más bien la descomposición de un orden en crisis.

Al doblar la primera mitad de los noventa esa crisis era ya innegable para cualquier observador: no estábamos viviendo una transición hacia un nuevo y benigno orden liberal globalizado, sino un proceso de descomposición generalizado. La expresión más clara de que además eso suponía la crisis del doble paradigma socialismo/capitalismo, estado/mercado, era que que los estados nacionales no podían considerarse ya como herramientas válidas para garantizar la cohesión social, étnica, económica o regional.

Socialdemocracia y liberalismo caen sin embargo entonces en la tentación conservadora: negar legitimidad ontológica del conflicto. En el campo liberal esta negación supone no tanto una negación de las bases de los problemas y su reducción a una cuestión moral (que es la tentación democratacristiana de la socialdemocracia) sino el crecimiento de la idea de que si la Historia no ha acabado, y sobre todo, no ha acabado como querríamos, se debe a la falta de "medidas de carácter", de "decisiones valientes", que arreglen de una vez por todas ("once and for all") los problemas heredados del pasado. El Presidente Bush (hijo) y su enfoque de la guerra de Iraq, el presidente Aznar y su voluntad de definición de la identidad española frente a los nacionalismos internos o el primer ministro Sharon y su plan de retirada unilateral de los territorios ocupados, serían ejemplos ilustrativos de este intento -desesperado ya al pasar la frontera del siglo- por cuadrar la realidad al deseo a base de "soluciones de una tirada". Soluciones que son la esencia práctica del influjo neoconservador y que como buenas medidas de aprendiz de brujo, no han sino acelerado una descomposición que parece hoy casi inevitable.

Pero 1989 marca también la emergencia de una nueva forma de organización social, las redes, que traerán nuevas formas de conflicto (el swarming), estructuración política (plurarquía y netocracia) e incluso propiedad. Formas que se desarrolarán como alternativa y continuidad en el seno de los países desarrollados, pero que adquirirán notoriedad cuando nuevos antagonistas las usen como herramientas para el terror.

Occidente se enfrentará así a una doble imposibilidad. La de negar su fragilidad frente a la descomposición de su "mundo exterior" (lo externo se hace interno) y la de mantener las viejas herramientas como respuesta. Vivimos un mundo nuevo en el que los antagonistas utilizan nuestras propias estructuras (la red de transportes, la información pública, el conocimiento de nuestras universidades) como armas contra nuestra población civil (lo interno se hace externo). El 11S, la guerra de Iraq y el 11M son hitos en el proceso en el que Occidente toma consciencia de que el conflicto se ha convertido innegablemente en algo perenne y descentralizado que no cabe negar ni "solucionar de un golpe", sino, contener y encauzar dentro de las posibilidades de la organización en red.

Es en este marco histórico en el que los artículos de Juan Urrutia que hoy recogemos en este libro electrónico -inédito el primero, publicados en primavera de 2003 los otros- cobran su verdadera dimensión. Como escribía Iñigo Medina,

el mundo en el que eran válidas las categorías liberales clásicas ha dado paso al escalofriante escenario -situación límite en el modelo teórico- de individuos asociales absolutos. Hoy ese escenario nos es ya familiar en muchos aspectos. Las generaciones jóvenes están cada vez más desvinculadas del pasado y los asuntos públicos. La unidad familiar sirve de vínculo social sólo de un modo secundario y fragmentario. El mismo marco de referencia, el estado-nación, ya hace tiempo que significa bien poco en un mundo que tiende cada vez más a actuar como un todo. Todo esto es así, y es irreversible. El reto estriba no en afanarse en revivir este cuerpo hecho jirones, aunque todavía fresco, con el que convivimos aún hoy, sino en intentar armar nuevos ideales con las nuevas herramientas que poseemos.

Así la "contrarrevolución pequeñoburguesa", que postula el profesor Urrutia frente a la "revolución neoconservadora" encuentra en Linux su símbolo, en el hacker su modelo humano y en la metáfora tecnológica de la red un complemento al mercado como referente abstracto de organización espontánea.

Lo que está haciendo Juan Urrutia y lo que representan estos artículos es esa transición necesaria hacia un nuevo liberalismo propio de la Sociedad Red. Un liberalismo capaz de incluir o al menos de entender no sólo la competencia sino la cooperación como motor social, la tecnología y no sólo la economía como campo de batalla de la libertad, la identidad y no la nación como referente de lo común a todos y las redes y no el estado como estructuras hacia las que dirigirse y desde las que actuar.

Urrutia nos propone huir de la tentación neoconservadora para redefinirnos como liberales nuevos, como defensores de la espontaneidad en una sociedad de redes abiertas e inclusivas.


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