Entrevista a Stephen Wolfram en el New Scientist: la Naturaleza no puede ser modelada mediante ecuaciones de un modo satisfactorio, funcionó bien para Newton y sus amigos pero no vale para fenómenos complejos. ¿Y entonces? pregunta el entrevistador, mediante pequeños programas responde Wolfram, lo que lleva al entrevistador a preguntarse qué hubiera pasado si en Babilonia se hubiera inventado antes la programación que la geometría.
Pero la verdad, es que como novela en Snow Crash Neal Stephenson, la algoritmia ya había nacido en Sumer. Los sumerios no tenían una constitución en un sentido moderno. El primer texto legal nacería más tarde y precisamente en Babilonia: el código de Hammurabi. La sociedad no se basaba en un conjunto de leyes escritas, sino en un conjunto de "Me": tablillas que recogían los ritos, los procesos. Desde encender un fuego o hacer pan hasta adorar a los dioses. Los "Me" eran el manual social de instrucciones, lo que Stephenson llama el sistema operativo de la sociedad. El prestigio de sus ciudades y aún de sus dioses giraba en torno a sus Me y a la perfección de su ejecución. Enki, su Dios principal, es el creador de los Me, pero también el Dios de la escritura, los ríos, la fertilidad y el agua. Enki posee el Me que genera a los otros Me y gracias a lo cual conoce los gis-hur, los algoritmos del universo y la Naturaleza y puede crear nam-shubs, sortilegios que hacen que lo que se relate se convierta en realidad... el más famoso de los cuales, el llamado nam-shub de Enki, es el origen del mito de la torre de Babel.
¿Por qué las reglas del universo tendrían que estar basadas en los constructos de la matemática humana?
Stephen Wolfram
Con Sumer por primera vez aparece el mito de la palabra creadora. El me que crea los me. El nam-shub que crea el gis-hur. La palabra divina. El sortilegio que pone en marcha el gigantesco programa de la creación. La veremos reaparecer en todas las religiones, el logos, el Shem y la tehinah, los ciclos recursivos de los hindues, el tao innombrable, la palabra perdida... y en la transición a la ciencia moderna. Newton buscaba la Ley con mayúsculas, la palabra de Dios que ordena el caos en las cosas... y descubrio la ley del amor universal: la gravedad. Smith buscó su traducción social: el juego de equilibrios en el mercado. Pero ambos, como dice Wolfram, pensaban en los términos de la matemática de su tiempo. En equilibrios, en resultantes.
Wolfram nos propone volver al sortilegio. Nos dice que toda la Naturaleza y la sociedad es reducible a algoritmos que calculen la interacción entre pequeños programas. ¿Podremos poseer entonces la palabra sagrada? ¿Ha encontrado esta nueva forma de hacer ciencia el camino que buscaban los cabalistas, el nombre perdido que buscan encontrar en sus oraciones los lamas? ¿La palabra perdida del maestro hacedor?
Wolfram nos dice que sí... pero que tal vez la CPU en la que corre el programa del Universo sea más rápida que nosotros: el universo como un todo es computacionalmente irreductible es decir, se desarrolla más rápido que lo que se desarrollaría un programa que tratara de desenmarañar los datos para invertir el algoritmo. Sólo en algunas áreas, es al revés... ¿de momento?
Enlaces recomendados
Entrevista a S.W. en New Scientist
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Enki en la mitología sumeria
Enki y el orden de las cosas, tablilla sumeria
Nam-shub de Enki (traducido del sumerio al inglés)
En Ciberpunk:
Stephen Wolfram y los autómatas celulares