Nunca me cayó bien Oriana Fallaci, me parecía una de esas niñas progres guays que revolotean alrededor de la progresía armada y luego relatan tan maravillosa experiencia. Adornos frívolos del poder arbitrario. La misma raza que en la facultad hacía de público mientras los aprendices de demagogos (hoy la mitad de ellos ejecutivos de Telefónica) se pavoneaban luciendo galas revolucionarias de salón subvencionado. La misma raza, otra especie eso sí, que la mujer de Moravia o Marina Castaño. Autoras por otro lado como Fallaci de libros de pasarela: esos libros con cubiertas satinadas que adornan los pasillos del Vips y el Corte Inglés.
Mundo ajeno y casposo. Lejano.
Pero tras el 11 de septiembre publicó un largo artículo, resumen de un librito que ahora tengo junto el teclado, y en mitad de toda la mierda criminal que publicaban los papeles, brilló apasionada, lúcida, brutal.
Descubro ahora en ella a una señora fuerte y potente, descubro la infinita afinidad que nace de no compartir el masoquismo, la culpa y la estupidez de nuestros compatriotas. En el librito descubro el folleto jacobino, la noble tradición de la agitación. No caben mohines, no caben desprecios ni altiveces insoportables de burócrata del conocimiento. No cabe decir que está mal traducido, mal redactado, que es despreciativo con el Islam, que incita a la expulsión de Europa de sus creyentes.
Cabe pensar por qué el poder se conmueve por un folleto como no hacía en siglos. Por qué tras su paso por la prensa han tenido que cubrir en medios propios y ajenos el espacio de opinión de bienpensantes a sueldo hasta la extenuación. Por qué en Francia los jueces se plantean retirarlo de las librerias...
Fallaci nos recuerda lo obvio: estamos en guerra. Con el Islam wahabí. Sí, con un Islam que no es la religión capada y con la que más o menos se puede convivir, en la que el liberalismo convirtió al catolicismo
Fallaci nos recuerda lo obvio: estamos en guerra. Con el Islam wahabí. Sí, con un Islam que no es la religión capada y con la que más o menos se puede convivir, en la que el liberalismo convirtió al catolicismo. Estamos en guerra con lo más belicoso de la civilización islámica, esa maravilla de la tolerancia que hay al otro lado de Calamocarro.
Y sobre todo: ésta no es la guerra de israelíes y yankees, en la que nosotros, moderados europeos a los que molesta todo este ruído miramos desde la barrera poniendo zancadillas entre risitas al hermano mayor. Esta es una guerra que tiene mucho que ver con la guerra civil que los saudíes larvan desde hace años en nuestras mezquitas. Que tiene que ver con Bosnia y Kosovo, si, con Bosnia y Kosovo, dónde cuatro (mal vistos, atacados por todos los progres del mundo por estar del mismo lado que los americanos) intentamos defender que había espacio para un islam europeo distinto del que los saudíes nos calcaban y que nos llevaba a la guerra de verdad de cabeza.
Pues bien, ya estamos en guerra. Y por si no os habíais dado cuenta, Fallaci os lo lanza a la cara, desde la convicción, que comparto, de que sólo el no reconocerlo sería la mejor prueba de que mereceríamos perder.