En 1980, Umberto Eco publicó su traducción italiana de la versión francesa de un manuscrito en latín del siglo XIV. Lo tituló El nombre de la rosa y era, hoy lo sé, la novela de un semiólogo. De la primitiva rosa solo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos. Así como aquella inmensa biblioteca abacial se quedo en ceniza y jirones de pergamino, para Adso de Melk, el narrador, su vida al final de sus días no era nada más que nombres
He pensado a menudo en Adso todos estos años. Leí su relato casi al tiempo que tuve mi primer Spectrum, aunque entonces era un niño al que solo conmovía la desolación de una biblioteca en llamas. Hoy, mi disco duro es Alejandría, y como aquellos viejos rollos de papiro, los textos se van sucediendo inacabables en el scroll de mi pantalla. Todo arde de tiempo en tiempo (format c:/s), y renace luego de sus cenizas (copy *.*)
Y, sin embargo, mi vida son ya sólo nombres, nomina nuda
Y, sin embargo, mi vida son ya sólo nombres, nomina nuda. Son tantas las cosas que en ella suceden en modo solo texto que no tendré que esperar al ultimo de mis días para convertirla en relato. Miles de correos puntúan cada una de las horas de estos últimos años. Aunque nunca usé el chat, si he participado en incontables listas y foros, fluyeron cientos de archivos adosados, descargue PDFs, vacié FTPs... Todo nomina nuda, todo aún presente en alguna parte de mi. De mi yo múltiple.
¿Acaso soy yo entonces algo mas que un nombre? Quizás así lo pensase el joven novicio de Melk en aquella noche de desesperación en la abadía: Del único amor terrenal de mi vida no sabía, ni supe jamás, el nombre. ¿Quién podrá hoy decir, de entre todos ellos, el mío?
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